miércoles, 14 de enero de 2026

El Horizonte no tiene Meta: crónicas de un nómada del asfalto

Dicen que la vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento. Para nosotros, los que entendemos el lenguaje de un motor en marcha, esos momentos suelen venir acompañados del olor a neumático caliente, el azote del viento en el casco y esa línea continua que se pierde en el horizonte.

Echando la vista atrás desde este 2026, me doy cuenta de que mi mapa personal no está hecho de coordenadas, sino de recuerdos forjados en hierro.

El Bautismo de Fuego (y Hielo): La Era de la SR 250

Todo empezó con una pequeña Yamaha SR 250 Special. Aquella máquina, humilde pero con un corazón inquebrantable, fue mi escuela. Recuerdo las expediciones a Pingüinos desde 1995; aquel frío castellano que se te metía en los huesos, donde cada kilómetro era una batalla contra la escarcha y el viento helado de la meseta. No había tecnología, solo lana, cuero y tesón.

Luego venía el contraste: las rutas al Mar Menor a principios de siglo. Cruzar España en verano con una cilindrada pequeña era un ejercicio de paciencia y valentía. Pelear por un hueco entre el tráfico denso, bajo un sol de justicia que derretía el asfalto, me enseñó que en la moto, lo importante no es lo rápido que llegas, sino el hecho de que nunca te rindes.

La Consolidación: Kilómetros de Libertad con la Virago

La evolución natural me subió a lomos de una Yamaha Virago 1100. Con ella, el mapa de la Península se volvió mi patio de recreo. He devorado kilómetros hacia la niebla de Asturias, he sentido la brisa atlántica de Portugal y me he perdido en la inmensidad de Extremadura.

Hubo viajes compartidos, donde las risas en las paradas sabían mejor que la propia ruta, y travesías en solitario hacia Cádiz, Valencia o Barcelona. En la soledad del casco, uno se encuentra a sí mismo, pero al bajar la pata de cabra en cualquier área de servicio, siempre aparecía alguien nuevo, una historia diferente, un hermano de ruta momentáneo unido por la misma pasión.

El Sueño Cumplido: El Rugido del Hierro Americano

Pero todo motero guarda un secreto en el corazón desde que es niño. Un anhelo que suena a Harley Davidson. Aún se me eriza la piel al recordar aquel viaje en tren hacia Madrid. Iba con los ojos brillantes, como el chaval que espera su primer juguete, pero lo que me esperaba era un sueño de cromo y fuego.

Subirme a ella por primera vez, sentir ese latido irregular y profundo, y volver conduciéndola a casa fue mi rito de paso. Ya no era solo viajar; era cabalgar la leyenda. El viaje de vuelta no fue un trayecto, fue una conquista.

2026: Nuevos Caminos, la Misma Hermandad

Hoy, el calendario marca 2026 y la llama sigue más viva que nunca. Esta vida sobre dos ruedas es mucho más que una afición; es el aire que respiro. Y lo mejor es que no camino solo.

Tengo la suerte de contar con mis hermanos de Iberian Motards. Con ellos, cada salida es una página nueva en este libro de aventuras que no quiero terminar de escribir. Porque mientras haya gasolina en el depósito y una ruta por descubrir, seguiremos desafiando al tiempo, celebrando la amistad y buscando ese próximo atardecer que nos recuerde por qué elegimos vivir sobre dos ruedas.

Nos vemos en la carretera. ¡Salud y kilómetros!

viernes, 7 de noviembre de 2025

Carreteras secundarias y viejos amigos

Siempre he pensado que las mejores rutas no aparecen en los mapas. Las carreteras secundarias son las que guardan los secretos, las historias, los paisajes que se quedan grabados en la memoria. No importa si el asfalto está gastado o si las curvas obligan a bajar una marcha: ahí, entre el ruido del motor y el viento en la visera, es donde uno se encuentra de verdad.

Rumbo a Pingüinos, 1998
Viajar en moto no siempre es fácil. En verano, el calor te abraza con fuerza, y cada parada se convierte en un pequeño alivio. En invierno, el frío cala los huesos, y hay días en los que el hielo o la lluvia te hacen dudar antes de arrancar. Pero basta con girar la llave, escuchar el motor despertar, y todo vuelve a tener sentido. Porque cada kilómetro, cada incomodidad, cada pequeño reto, forma parte de lo que somos los moteros: gente que vive la carretera con el alma.

Recuerdo mis primeros viajes a Pingüinos, allá por 1995. Aquel frío de enero, los dedos entumecidos, las hogueras encendidas en medio de la noche y miles de motos rugiendo en la distancia. Años y años volviendo a Valladolid, hasta 2014, compartiendo risas, chupitos de ron miel, historias contadas bajo la lluvia o entre copos de nieve. Era más que una concentración: era una cita con los amigos, con uno mismo y con ese espíritu que solo entiende quien ha pasado frío sobre dos ruedas por el simple placer de llegar.

Después vinieron los años de La Leyenda Continúa, y aunque el nombre cambió, la esencia siguió siendo la misma. Volver a ver las mismas caras —algunas más arrugadas, las motos más curtidas— y sentir que el tiempo no ha pasado cuando los motores se encienden a la vez… eso no tiene precio. Son momentos que no se compran ni se olvidan.

Y en todo esto, he aprendido algo que vale más que cualquier moto o cualquier ruta: la compañía lo es todo. No importa el destino si quien va a tu lado comparte tu ritmo, tus silencios, tus ganas de disfrutar. Esos compañeros de viaje que saben cuándo parar, cuándo acelerar, cuándo dejarte rodar solo un rato. Esos amigos que no hace falta ver todos los días, porque cada reencuentro es como si nunca te hubieras bajado de la moto.

Al final, las carreteras cambian, las motos se renuevan, los años pasan… pero hay algo que sigue intacto: la pasión por rodar y la hermandad que se crea sobre el asfalto. Porque la vida, igual que la carretera, no se trata de llegar rápido, sino de disfrutar cada curva, cada paisaje, cada compañía que hace el viaje más humano.

Quizá por eso seguimos saliendo, año tras año, a buscar esa sensación.

Porque mientras haya carreteras secundarias, habrá historias que contar.